Jugoso, decidor, amable, impresionista, de pincelada limpia y sosegada, Francisco Calabuig vuelve a exponer en Alcoy, y reincide en una colección de paisajes entonados, vibrátiles, bien empastados, lúcidos y lúdicos, en los que el color, la luz y el movimiento inician un canto a tres voces, perfectamente armonizados. Los temas, por otra parte, no dejan de ser los tradicionales en los paisajes rurales: caseríos, pinos, algarrobos, matojos verdes, que se recortan sobre un fondo azul-violeta de un cielo con cuerpo y alma, casi palpable. Casas enjalbegadas, piedras amontonadas…Es un paisaje sentido, vivido antes, y después reinterpretado, hecho de nuevo según los dictámenes de unas exigencias estéticas. Algo de Gabriel Miró se transparenta en los pequeños soportes-son cuadros de reducidas dimensiones-, por el lirismo, el encanto, la jugosidad y la narrativa que se advierte en algunas creaciones concretas.